Merce Cunningham es considerado uno de los coreógrafos determinantes en la renovación de la danza norteamericana a causa de la exploración personal que llevó a cabo junto a pintores y músicos contemporáneos desde mediados del siglo XX, integrando los elementos de ruptura que alimentarían las vanguardias de cada disciplina.
A pesar que las danzas seguían una estructura argumental apoyada en los ritmos de la música algo debía ser modificado. Especialmente en el ballet clásico, se podía distinguir a los protagonistas y los personajes secundarios, se daba una importancia principal a las relaciones entre unos y otros, había un decorado que ayudaba a comprender el tema del que se hablaba y el manejo del espacio escénico estaba muy bien calculado.
Cuando Merce Cunningham empezó a bailar, aprendió todas estas pautas clásicas. Pero siguiendo la estela de John Cage quiso acercar la danza lo más posible a la vida real, a la vida cotidiana en el momento mismo de ser vivida. De ahí que en sus espectáculos decidiera prescindir de la narrativa, puesto que vivimos sin argumento preconcebido, improvisando ante lo que nos ofrece cada día, aceptando y tratando de dialogar con las sorpresas que nos depara la existencia. También por eso empezó a otorgar mucho peso al azar. Para poder realizar todas esas innovaciones necesitó crear su propia compañía.

Esto sucedió en 1953, fecha que marca el origen de una era nueva para la danza, la que hoy se llama “danza contemporánea”. En las coreografías de Cunningham apunta la relación del bailarín con el espacio escénico, con la música, el tiempo, la escenografía, sus compañeros pierden la relación formal que en la danza clásica tenían entre ellos.
Por ejemplo, a veces, los protagonistas de su compañía ensayaban durante semanas y no llegaban a escuchar la música que les acompañaría en el escenario hasta el día anterior.

Cunningham se centra directamente en el cuerpo y su expresión, representando fielmente la técnica que llevaría su nombre, explorando los movimientos naturales del hombre, y se dio cuenta que son relativamente pocos. Pero pronto vio que la técnica podía encontrar en ellos infinitas variaciones de distinta complejidad.
Por eso exigía enormemente a sus bailarines, que dedicaran muchas horas, además de ensayar las coreografías, a clases de ballet que les permitían mantener toda la precisión necesaria de piernas, torso y brazos. Se le considera un maestro indiscutible de la investigación corporal y la libertad creativa. Su técnica coreográfica combinaba de modo aleatorio una serie de secuencias previamente seleccionadas, unas propuestas vinculadas a la de los dadaístas y la filosofía Zen que pocos hasta el momento han podido realizar.
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