Convertir una idea en cuerpos que rasgan el aire, que atraviesan el vacío, que se encuentran y desencuentran; convertir una idea en humanos que vibran, narran y exudan emociones; convertir una idea en sudor, en piel y tendones y mostrar toda esa catarsis sobre las tablas, es una labor que solo los dancistas y coreógrafos pueden hacer.
Algunos pueden asumir que a menudo ejercer de intérprete es una vocación que late desde edades tempranas, toca averiguar si las ansias coreográficas también brotan con esa urgencia o crecen de manera más sosegada, como los amores maduros que, en ocasiones de un momento a otro, resultan efímeros.
Iniciarse en este camino profesional de la danza contemporánea no es precisamente un paseo en lancha, porque emprender ideas coreográficas es tan complicado como encontrar trabajos como intérprete. No obstante, dentro de todo lo difícil que ya supone sobrevivir en el panorama de este noble arte, la experiencia siempre brinda un sabor dulce al final.

Los obstáculos son el común divisor de las artes
La precariedad es el denominador de las artes vivas porque quienes se montan en las tablas están acostumbrados a la adaptación constante. Eso sin entrar en eufemismos liberales producto de la resiliencia y demás, que utilizan para sentirse superhéroes de lo cotidiano, cuando en realidad son opciones que quedan para buscarse la vida porque estructuralmente están en los márgenes.
El carrusel artístico, emocional y físico de las coreografías contemporáneas implica un juego entre imaginación y técnica, entre la capacidad de idear y la de llevar a la práctica esos fogonazos de creatividad. Toca buscar equilibrios factibles.
“Es cierto que imaginar y soñar podemos hacerlo sin límites, y desgraciadamente nos encontramos con muchas limitaciones a la hora de crear, no por falta de ideas, sino por carencias relacionadas con la producción de éstas”, reconoce Pérez Fayos, coreógrafo.

Fayos resalta que siempre se debe partir de la investigación con ayuda de un patrón físico de movimientos para que cuando el momento llegue se logre la exaltación de los elementos visuales, plásticos; la ficción y el artificio como si de una acción alquimista se tratase.
Si se lanza la etimología, composición vendría a significar escritura del baile: el folio blanco será el cuerpo y la tinta los movimientos que va articulando. Amanuense de la corporalidad, así resume Pérez Fayos su estructura creativa.
“Suelo pensar en un concepto que tengo dentro. Lo estudio y dejo que mute y se transforme. Voy conectando esta primera idea con otras y que vaya creciendo desde un lado intelectual. Cuando ya hay un esqueleto conceptual, me gusta meterme en una sala de ensayo a bailar, a moverme. Ver qué posibilidades tiene y escribir mucho. Suelo investigar sobre imágenes más que sobre sensaciones”, indicó.
La cultura pop, especialmente el cine, popularizó la imagen de coreógrafos inflexibles, genios creativos brillantes, pero crueles e iracundos, exigentes hasta límites deshumanizadores. Pero como tantos otros lugares comunes del imaginario popular, quizá sea hora de rasgar estereotipos, porque lo cierto es que son totalmente irreales.
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